- Mi llegada al mundo
Mejor empezar por el principio. Supongo que el principio fue la primera carrera que gané, quizá la carrera más importante de mi vida, y es que corrí más que el resto de espermatozoides, fui más listo y veloz y me cobije en cuanto pude en uno de los mejores sitios en los que he estado en mi vida, el interior de mi mama. ¡Que habrá sido de esos compañeros de carrera a los que gané aquel día! Y ahí estuve hasta que el 25 de mayo de 1984 a eso de las 20h se me ocurre abandonar el interior de mi madre y venir al mundo, ¡que ideas tiene uno!
Nací en Zaragoza en la clínica Ruiseñores y resulta que mi madre ha contado varias veces en reuniones familiares que ya ese día tenía que dar guerra. Mi madre había dado a luz 3 veces antes a mis hermanos mayores (Juan Carlos, Jose Ignacio y Laura) y para la cuarta vez la ingresaron con tiempo proveyendo que la cosa fuera fácil y rápida. El doctor en la revisión decidió explorar las zonas nobles de mi mama y al introducir la mano se dio cuenta de que no la podía sacar sin que yo diera el salto a éste planeta. Mi madre, con la mano del doctor en su interior y sentado en un lateral de la camilla, tuvieron que recorrer los pasillos del hospital camino al quirófano. ¡Tenía que empezar dando la nota!
Pesé 4,6 kg ¡un chiquillo bien hermoso! y me lié una buena fiesta con el cordón umbilical así que hubo que practicar una cesaría. Una cesaría de esas de las de antes que hizo que mi madre prefiriera desde entonces el bañador mejor que el bikini por la cicatriz hasta el ombligo que, a día de hoy, todavía conserva y luce con elegancia.
Llegué como el niño pequeño de una familia humilde. No entraba en los planes de mis papas tener 4 hijos. “Papa si no hubieras tenido cuatro hijos todo os hubiera sido más sencillo, no?” en esa conversación con mi padre me reconoció que no se había puesto un condón en su vida, hay que entender que eran otros tiempos… Yo para nada entraba en sus planes como decía y siempre he bromeado diciendo que me cole en ésta fiesta sin permiso de mis padres.
Ellos se conocieron cuando aún eran unos niños, ni tan siquiera se dieron tiempo a ser adolescentes. Mi padre vivía en Tórtoles, un barrio de Tarazona, y en los años 60 se hacía 20 kilómetros en bicicleta para subir hasta Litago de Moncayo donde vivía mi madre, solo para verla y pasear a su lado unas horas y con suerte darle un beso en la mejilla. Actualmente, los niños de esa edad invierten el tiempo en buscar un like en internet en alguna foto chorras, se graban coreografías ridículas para Tik Toc y sueñan con tener lo último en tecnología, pero entiendo que mis padres solo necesitaban un solo “me gusta” para ser felices, y con ese like han tenido suficiente para el resto de sus vidas.
Con 12 o 13 años ambos dejaron la escuela para trabajar y ayudar en casa. Mi madre empezó en una empresa textil cosiendo y mi padre supongo que haciendo ñapas de lo que sea por aquí y por allá de albañil. Recuerdo como me han contado más de una vez como hervían una cebolla con agua en casa y era la mejor sopa que han tomado en su vida. También que tenían que romper el hielo de un cubo con agua por las mañanas para poder lavarse la cara y comenzar el día o quitarse el hielo de las pestañas al despertar y abrir los ojos del frío que hacía en sus habitaciones. También metían un ladrillo en el fuego de la cocina en las noches de invierno y lo envolvían con una toalla para tener algo de calor en la cama bajo las sábanas. Esto mismo lo hacía mi madre con nosotros cuando éramos niños y recuerdo perfectamente el calor de ese ladrillo como algo realmente espectacular. Uno de los manjares que mi padre que recordaba de joven era el pan untado en vino. Actualmente los niños o tienen la cuna último modelo, o el carrito menos pesado y mejor plegable del mercado e incluso una cómoda bañera; y si no es así, parece que algo va mal. Me parece realmente alucinante que en tan pocos años se haya pasado de una cosa a otra, sin entrar a juzgar lo que opino al respecto.
Así eran de niños las dos personas más importantes de mi vida, Jose Manuel Martínez mi padre y Laura Pérez mi madre. Ellos crearon un hogar humilde y precioso donde cuatro hijos crecimos sanos, fuertes y queriéndonos en cantidades estratosféricas. Mi papa era albañil y mientras mi madre trataba de gobernar y poner orden en la casa mientras hacía cuentas imposibles para llegar a fin de mes. Pero mi padre no solo era albañil, también era… un músico.
Mi papa amaba la música y desde muy joven era su forma de vivir, de disfrutar y también de ganar unos duros extra para llegar a fin de mes. Un músico de esos de los años 70, de los que sacaban temas escuchando canciones en radios que sonaban fatal, de esos que tocaban con una guitarra desajustada y más sencilla que el mecanismo de un chupete y con micros que amplificaban la señal de la voz de forma dudosa y se enchufaban a altavoces con dos cables y poco más. Mi papa siempre contaba que antes cuando los músicos entraban en los pueblos, la gente bajaba a la entrada de la localidad para recibirles en vítores y aplausos como si fueran los mismísimos The Beatles o Rolling Stones. Entonces ser músico era un acto de valentía y la gente los admiraba sin necesidad de salir en las revistas. Mi padre trabajaba subido al andamio en la obra y eso lo compaginaba con la música. Cuantas veces me ha contado también que llegaba un lunes por la mañana después de un fin de semana de conciertos, le dejaba el sobre con el dinero a mi madre, cogía el bocadillo sin dormir y se marchaba a trabajar de albañil 12 horas seguidas. Hay que pensar que realmente eran otros tiempos y mi padre un super héroe. Cuando yo llegué al mundo fue cuando mi padre decidió dejar la música. Entiendo que ese ritmo de vida que tenía sumando cuatro hijos a la ecuación no era algo fácil ni siquiera para un super héroe.
Entonces fue cuando decidió inculcar a sus hijos lo que él sabía. Con el nombre de dos de sus formaciones musicales unidos, creó la orquesta que seguiría la hazaña, Los Mikis Band. Con apenas 13 años de edad mis hermanos comenzaron a tocar por las fiestas de la zona y con todo el equipo cargado en un Ford Fiesta naranja que todavía recuerdo perfectamente, mi padre les acompañaba y encontró la forma de continuar la saga y seguir ingresando un dinero extra para dar de comer a sus cachorros. Seguramente todo esto ahora no sería legal, pero ya sabéis que eran otros tiempos.
La orquesta Mikis Band estaba formada por mi hermano mayor Juan Carlos que eligió el piano y cantaba con desparpajo y simpatía. Mi hermano Jose Ignacio tocaba el bajo que usaba mi padre y también cantaba con sentimiento y magia. Nuestro primo Jose Manuel Marqués era el guitarra, Julio Ruiz al Saxo y también a la voz, Jose Antonio Torrellas a la batería y Juan Pedro Mensat a la trompeta. Juntos tenían un directo perfecto tocando canciones como La bamba en la versión de Los Lobos o Gimee hope Joanna de Eddie Grant. ¡Temazos!
Mientras tanto, el niño de 4,6 kg seguía engordando y creciendo feliz. Siempre he sido un fanático del buen dormir. De niño solo dormía, comía y las otra cosas que se hacen en el baño pero que con esos años tienes licencia hasta para hacerlo sin levantarte para ir al servicio. Tanto dormía que mi mama me llevó al médico siendo un bebe ya que pensaba que estaba enfermo. ¡No era normal que durmiera 23 horas al día! El médico me examinó y al parecer estaba más sano que una manzana solo que me gustaba mucho estar dormido. A día de hoy conservo ésta afición y también la de comer bien aunque de momento no se me luce demasiado, solo que ahora soy capaz de ir al baño cuando tengo necesidad. Con 2 o 3 años recuerdo quedarme dormido sobre un sub-grave de equipo de sonido de la orquesta de mis hermanos. ¿Imagináis el ruido que hacia eso? pues al parecer yo decidí que era un buen lugar para quedarme dormido. Y es que desde que era un bebe asistía a todos los conciertos que mis hermanos daban y entiendo que ya en esos primeros años de vida tenía claro lo que quería ser de mayor aunque realmente no sabía ni hablar para decirlo.
Mis hermanos tenían una litera y recuerdo perfectamente jugar a subir y bajar con ellos y todos dormíamos apilados en esa habitación de un piso de mi abuela materna donde pude vivir hasta mis 4 años. Entonces fue cuando viví mi primera mudanza ya que mis padres pudieron comprar su pisito en Tarazona.




















